Summer Love

domingo, 13 de octubre de 2013

CAPÍTULO 4 Narra Camila


 
Le quito el móvil de las manos y veo el número; no me suena de nada... ¿o sí? Saco mi móvil y busco en mis contactos.

-Este no... este tampoco...-murmuro, mientras paso los números con el dedo.

-¿Pero qué haces?-protesta Blanca, poniendo los brazos en jarra-. ¿Es que tú si tienes el número de Harry?

Me paro; ahí está: 663516795. Digo el número en voz alta, y se lo paso a Blanca para que lo vea. Ella lo compara con el de su Whats App. Su mueca se transforma en una de furia.

-Andrés-digo-. Es su número-al ver que ella frunce el ceño, añado-: El chico del Berlín.

-Ah... ya-la furia ha dejado paso a la decepción.

-Te ha gastado una broma, si ya decía yo que no podía ser Harry-sacudo la cabeza, riendo.

Pero a Blanca no le hace gracia, casi diría que mira la pantalla con odio, y en el fondo la entiendo; no hace gracia que justo el día que tus ídolos están en la ciudad-y si además los has visto, peor-, que estás sensible y te crees todo, te hagan una broma como esta.

-Yo voy a volver-dice, sobresaltándome.

-¿Qué? ¿A dónde?-parpadeo.

-Pues al hotel, claro-me responde, como si fuese algo obvio, a la vez que se encoge de hombros.

Se dirige a la puerta y va al baño a llenar la botella de agua, que está vacía. Resoplo, aunque admito que me apetece volver... tal vez hablemos con alguno más, tal vez...

-¡Adiós!-exclama Blanca. Está ya en la entrada, y la puerta está abierta de par en par.

Otra vez en el andén esperando el metro. Cuando llega el vagón, nos subimos a toda prisa.

-Oh... imagínate que nos piden los nombres...-digo.

-... y que nos empiezan a seguir en Twitter-completa Blanca.

-Y nos dan dos besos...

-¡Y un abrazo, muy muy fuerte!

-Y...-voy a añadir algo, pero ella me interrumpe.

-Y nos dan sus números de teléfono, y nos vamos a cenar y...-el ruido del tren al entrar en la estación ahoga su voz.

Salimos corriendo, empujando a la gente, que nos murmura desaprobatoriamente a nuestro paso.

-¡Eh!-recuerdo, cuando subimos por las escaleras-. ¡Esta vez sacamos las pancartas!

Pero Blanca no contesta... y me doy cuenta de que ha aumentado la velocidad, y que se pierde ya entre la multitud. Suspirando, me pongo en marcha para alcanzarla; no me apetece perderme ahora.

Salimos a la superficie, y lo lamento; aquí hace mucho calor. Me extraña que Blanca no haya protestado; ella es muy calurosa. Cuando yo me congelo con chaqueta cuando ella va en tirantes. Se habrá olvidado por las emociones.

Pienso en todo lo que nos ha pasado, y lo recuerdo como un sueño, no como algo real y palpable. Es demasiado perfecto. Lo hemos conseguido, hemos conocido a Liuis... no lo asimilo, y creo que nunca lo haré.

Genial, me he vuelto a quedar atrás. ¿Por qué tanta prisa? Todavía no estarán allí... o eso espero. De pronto me imagino que nosotras llegamos tarde para verles... y empiezo a correr, angustiada. Alcanzo a Blanca, jadeando como una loca. Ella tiene algo de asma, pero ahora parece no afectarle, o lo está ignorando. Yo sólo creo que todo es un sueño...

Llegamos al hotel, por segunda vez hoy, qué locura. Hay menos gente, menos mal. Sin embargo, esta vez estoy más nerviosa, aunque ya haya visto a uno, no me preguntéis por qué; no lo sé, no es lógico.

Nos colocamos casi en la puerta del hotel, y eso porque no nos dejan acercarnos más, que si no ya estaríamos en el cuarto de alguno. Sí, puede que estemos locas, pero ¿qué se le va a hacer? Al menos lo admito. Pero estamos locas a nuestra menera, de manera positiva, estamos locas como Directioners que somos. No se puede explicar mejor, lo siento mucho.

No aparto la mirada de la puerta del hotel en la próxima media hora, aún sabiendo que no saldrán por ahí. Pero mejor mirar a algún lado que a ninguno, o a todos, como hace Blanca; más facil, para mi gusto.

Cada vez que pasa un coche por ahí cerca, Blanca me clava los dedos en el brazo, hincando las uñas en mi carne, por lo que no dejo de emitir sonidos a modo de queja, cosa que queda un poco ridícula.

El tiempo pasa; ya son las cinco, y llegamos a las tres. Varias Directioners se van; unas, porque piensan que ya no les van a ver, otras porque los pesados de sus padres les obligan. Ya solo quedamos nosotras dos y tres o cuatro chicas que juegan a las cartas un poco más apartadas, y que lanzan miradas nerviosas hacia aquí cada vez que Blanca o yo pegamos un grito.

Entonces llega una furgoneta negra, y mi amiga vuelve a apretarme el brazo.

-Ya basta, ¿no?- protesto, auunque sé que no me escucha.

Entonces reparo en que los cristales son negros, y mi corazón da un vuelco antes de empezar a latir desenfrenadamente.

<<Pueden ser ellos, pueden ser ellos...>>.

Grito, a la vez que Blanca, como si nos hubiesen programado, y las chicas de las cartas se levantan de un salto, como movidas por un resorte.

Me doy cuenta de que estamos dando unos saltos que nos darán pinta de canguros cachorros, ridículo, ¿verdad? No quiero ni pensar que dirían nuestros padres si nos viesen así. La hermana de Blanca nos llevaría al manicomnio sin dudarlo, creyéndose la policía; lo veo.

La puerta se abre, y unos guardias se acercan.